Cuando pensamos en el género humano se nos hace presente de inmediato el concepto de diversidad, buscando un destino común, que se manifiesta al intentar definir las diferencias.

Todos los seres humanos nos reconocemos en las similitudes : similitudes de conducta, de aspiraciones y de manera de construir nuestro entorno inmediato.

Por medio de estas actitudes nos enfrentamos al destino que nos espera al reconocernos en el otro en una búsqueda infructuosa para lograr un equilibrio permanente de nuestra conciencia.

En la obra “Ordinary Courage” del autor inglés Theo Clinkard y su Compañía que nos ha presentado en el Parque Cultural de Valparaíso (PCDV), todo acontece en un tiempo universal e indeterminado, son seis figuras humanas que se unen y se articulan en un espacio tiempo y ritual en busca de lo coincidente que en un primer momento logra una armonía y unidad como un mismo ser que posteriormente se va desarticulando para desarrollarse en otro tiempo. Todo fluye y adquiere un sentido ritual en un espacio acotado con límites definidos y virtuales, en una ortogonalidad que constantemente es puesta en tensión por los desplazamientos diagonales coreográficos de la danza.

Encuentros- desencuentros y reencuentros donde todo acontece en el tiempo humano siendo estos seres organismos que buscan romper sus límites con movimientos y desplazamientos que en algunos momentos se tornan angustiosos y a su vez vulneran la regularidad del espacio para encontrar y restablecer su propia libertad.

Sin embargo, en ningún instante dejan de separarse como seres independientes porque mantienen su unidad, su relación profunda como un mismo organismo que existe en un mismo tiempo, unidos por un gesto común, interactuando para encontrarse y reconocerse en el universo de su propia naturaleza que los une.

Esta obra se desarrolla en una consecución de tiempos que dan cuenta en primer lugar de una unidad absoluta que se va desarticulando paulatinamente con la presencia tempestuosa que se acentúa por medio del sonido violento que provoca la naturaleza cuando expresa su máxima energía como anunciando una tragedia. Sin embrago, van nuevamente recobrando la paz y el equilibrio para que la armonía se haga presente con la sonoridad de los acordes clásicos de un piano que se contrapone a lo violento de una tragedia para crear un estado de equilibrio permanente.

Luego, viene el drama, la energía de la tempestad que acentúa la fragmentación y la lucha por algo.

Todo recobra con lentitud un orden que demuestra que todo es posible; se produce el reencuentro de las capacidades individuales en una búsqueda que logra por fin el equilibrio con su propia naturaleza para alcanzar su propio centro.

Los acordes clásicos de un piano y el reconocerse en el otro colaboran a que estos seres recapitulen, se reencuentren y armonicen como conjunto para definirse en un organismo unido por el rito que define su destino común.

Francisco Rivera Scott

Artista Visual y Académico

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