La Ex Capilla del Instituto Profesional Los Lagos –Valparaíso- fue el lugar para exponer Concreto, obra de Miguel Jaime (Uruguay) con la cual fue invitado a realizar una residencia en el 13º Festival Internacional Danzalborde.

En el centro del espacio de co-acción hay una tela dorada, su compañera. Aquel elemento es el que toma vida en la obra sólo si Jaime se la da, de otra forma no tendría valor que estuviese en el espacio escénico, bien podría ser un elemento decorativo pero la intención es que dicho material ser más que algo inerte. Esa alineación y asociación entre el artista y la tela es lo que más me sorprende, ya hace un rato venía con la idea de que los objetos escénicos se habían apoderado de las propuestas, triunfando ellos por sobre la obra y la conducción creativa que se les pudiera dar, desplazando al cuerpo a otro lugar que no fuese el protagónico de una obra que se plantea como danza con bailarines, sin embargo en la constitución termina siendo algo muy ajeno a lo que convencionalmente nos esperamos –bajo la lógica de aquellos que dicen que quienes esperamos algo menos exploratorio es porque no tenemos la formación suficiente como audiencia para disfrutar cuanta idea se instale en la escena-. Dicho todo esto manifiesto que Jaime instala la fidelidad al elemento, nunca lo abandona y sabe construir desde él toda una narrativa que lo ayuda a conducir la obra por cada acción que de manera directa e indirecta elabora discursos.

Él presenta la tela y camina en espiral; centrípeto y centrífugo, para capturar la atención de quienes observamos, corre y desde ahí no para de dialogar con el material que lo cubre, en ocasiones oculta su cuerpo completo y en otras deja ver pequeños fragmentos descubiertos que instalan la “necesidad” de ver aquello que está velado. Precisamente es eso, en concreto, nada más ni nada menos que un juego entre lo velado y lo desvelado.

El estar cubierto por la tela permite restar visión, por tanto otorga la posibilidad de riesgo y “torpeza”. Dicha “torpeza” es aprovechada para jugar con choques en los muros de la sala, lo que instala también la idea de jugar con los bordes de su cuerpo velado, los bordes de la capilla y las fronteras que el mismo intérprete-creador podría señalar entre él y sus espectadores, las cuales también entregan el sentido de proximidad y seducción con el (los) otro(s). Entre sus danzas más arriesgadas siempre está la posibilidad de que rompa con los límites propuestos y cruce la frontera para llegar al espectador, aunque eso no suceda te queda siempre la posibilidad de que ocurra -al menos en tu imaginario-. También se puede ver a este hombre velado como un animal e incluso como uno que lanza la lengua (proyectando la tela), a los márgenes entre él y los expectantes para atraerlos aún más, como si te atrapara y te tragase o si te incitase a vivir la experiencia desde su posición.

La tela con que la obra se desarrolla tiene la posibilidad de adosarse a la figura del intérprete, de tal forma que entrega otras posibilidades para que podamos ver qué sucede bajo ella. Esa posibilidad sumada a la figura de Miguel Jaime genera, a ratos, un ser andrógeno que instala el discurso de género y represión. ¿Un hombre puede ser femenino? ¿Un hombre puede danzar bajo la configuración de danza y feminidad? ¿Puede ser seductor y provocador? Y, más allá, ¿Por qué se señalan lo femenino y lo masculino como ejes opuestos que no son conjugables a un ser que no está bajo esa categorización? ¿Acaso no podemos ser todo? Eso está absolutamente presente en Concreto de la mano creativa de Jaime.

Vemos también una capsula de privación, una armadura que no protege sino más bien que lo contiene, lo encierra y que instala la represión a la mujer musulmana bajo la vestidura: Un hombre que bajo la tela está al filo de la locura, el desborde. Un hombre que juega con la seducción y la provocación. Una danza árabe que vuelve a jugar con el hombre y su femineidad, danzas que hacen recordar a Loie Fuller (Estados Unidos, 1862 – 1928) y sus creaciones Danza de la serpiente y Danza del fuego.

A través de los gestos en su danza el creador e intérprete construye asociaciones entre la imagen, el imaginario y lo que se nos da a oír, la materialidad sonora está compuesta por la escena de una película, la respiración de Miguel Jaime en su actuar, los choques con los muros y una misteriosa canción. Podemos ver un hombre poseído bajo la tela, un ser intrigante, que a su vez nos oculta y desvela sensaciones. También pasa por la vergüenza de todo lo que hizo bajo esa tela con una actitud corporal que acusa dicho sentir. Todo en relación visible por el elemento “tela”.

Podría existir también cierta actitud ceremonial que hace viajar en la obra lo sacro y profano, lo que toma aún más sentido el día de la exposición de la obra en la Ex Capilla del Instituto Profesional Los Lagos (Valparaíso). Porque el lugar que alberga la obra sitúa o contextualiza la pieza coreográfica en un cuadro más ortodoxo que entrega otras propiedades dignas de alabar en cuanto a la adaptabilidad de lo (re)creado por el artista en su residencia.

 

Un recorrido por la obra de Jaime es comprender también que todo sucede ahí y esa es su propuesta, por eso el nombre Concreto, y los discursos -textos e inter-textos o significados y significantes- de su obra las deja como misión/visión del espectador, nosotros re-significamos lo que vemos, lo codificamos.

BecarPor: Guillermo Becar Ayala, Licenciado en danza, coreógrafo e intérprete. Gestor cultural. Twitter: @gmobecar

Para www.alavena.cl

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